Y la Gran Crisis de la Izquierda Contemporánea
Históricamente se ha asociado a las diferentes vertientes políticas de derecha e izquierda ciertas propensiones filosóficas y de pensamiento. Esto es, la sociedad Moderna articuló sus dos polos políticos de una forma Moderna: dos pensamientos coherentes, linajes de pensadores de uno u otro bando que habían generado un corpus teórico, unas políticas con unos objetivos claros y simples, preceptos que eran transmitidos de manera similarmente directa y clara a las bases sociales de esos grupos políticos.
Todo esto que podía ser cierto de la vida política de hace cien años ha pasado a la Historia en tanto en cuanto nuestra Contemporaneidad ha dejado de vivir en la Modernidad y la Post-Modernidad se ha abierto finalmente paso. En el mundo Post-Moderno, como ya estamos viendo en la geopolítica mundial actual, la tradicional bipolaridad está siendo sustituida por una multipolaridad global, la coherencia del pensamiento está convirtiéndose en una riqueza basada en la diversidad de los puntos de vista y la tradición teórica se personaliza a niveles inauditos al entrar en contacto con las bases políticas.
Esta reordenación total producida por la Post-Modernidad está también influyendo de una manera revolucionaria en la ordenación del campo político tradicional, favoreciendo en él transformaciones paralelas a las experimentadas por otros ámbitos de la sociedad Contemporánea, una vez engullidos por la Post-Modernidad. Sin embargo, no todas las sensibilidades políticas están respondiendo a los retos de la Post-Modernidad de la misma manera, lo que puede llevarnos a ciertos desequilibrios poco deseables en el juego político democrático, si no aprendemos a interpretar la realidad traída por el cambio de una manera lúcida y adecuada.
El motivo de este artículo es explorar un ejemplo de la transformación que la Post-Modernidad ha ejercido en la política, la nueva dicotomía a través de la cual las antiguas facciones políticas de derecha e izquierda tienden a expresarse hoy en día en la sociedad Contemporánea: la Política como Moda vs la Política como Religión.
•Política como Religión
El conservador siempre ha tendido a definirse en relación a la idea de permanencia, de conservar (conservadores), o de reacción frente al cambio (reaccionarios) o incluso de un sentimiento de nostalgia (los nostálgicos de éste u otro régimen: franquistas, carlistas, etc, incluso cierto tipo de republicanos). Los conservadores creen en el presente como una perpetuación directa de la Historia ya acontecida, y consiguientemente viven el paso del tiempo como una lucha empecinada para mantener ciertas estructuras tradicionales de poder, mantener viva la memoria de sus poderosos (sean Carlos V o Don Pelayo), y de sus mitos políticos (desde ‘no se ponía el sol’, hasta ‘con Franco se vivía plácidamente’).
Realmente el intento conservador es un intento de congelar el tiempo: para el conservador no hay futuro mejor que el pasado, como mucho el presente, y desde luego jamás un futuro abierto al cambio y por esto lleno de incertidumbres. Este pavor al cambio hace que el conservador trate de definir, de acotar el futuro en base al pasado que ya conoce antes de que se ese futuro se haga presente. Un pasado cuya interpretación el conservador considera completa, cerrada y no alterable mientras aspira igualmente a definir y a cerrar el futuro de la misma manera, a evitar a toda costa la alteración del porvenir.
Es por todo esto que la estructura profunda del votante conservador dentro de la Post-Modernidad se puede definir con una analogía hacia el modelo religioso: veneración del pasado y perpetuación de la memoria, veneración de sus poderosos, práctica de rituales, instrumentalización del martirio, e incluso en algunos casos la guerra al infiel. El creyente religioso, como el conservador, cree en un pasado cerrado a la interpretación y en un futuro que ya está escrito. La Historia, y con ella el presente no son sino el plan secreto de Dios, y los fieles luchan empecinadamente contra las fuerzas demoníacas para asegurar la permanecia y la durabilidad de ciertos principios, prácticas y rituales.
¿Quién no recuerda al Aznar de la última etapa llamando anticonstitucionales (una versión Post-Moderna de la herejía) a todo el que no seguía sus dogmas políticos? Lo que es más, Aznar invocaba a la Constitución no como un contrato social que puede ser modificado o abandonado por los que lo suscribieron sino cual libro sagrado inmutable, otorgándole a la carta magna un valor quasi Bíblico. En su caso, precisamente porque no puede tolerar ni un cambio de esa constitución, de ese pasado que él y otros como él definieron y cerraron durante la transición democrática. Para Aznar la constitución es un punto de llegada, no de partida. El texto en este caso, como en las religiones, no abre posibilidades, sino que marca el non plus ultra.
¿Quién no recuerda a Rajoy llamando Torquemadas del s.XXI a los jueces en la pasada campaña electoral? La comparación habla por si misma: dentro del imaginario conservador/religioso, se apela a la gloriosa condición de mártir, que en otras partes del planeta está tan bien considerada que hay quien se hace explotar en trenes y cafeterías para alcanzar esa forma de permanencia gloriosa en la memoria colectiva que asegura por vía rápida el martirio. Si esta condición de mártir se le otorga a un líder acosado por los infieles (el caso de Camps), ¿cómo evitar la adhesión incondicional de los fieles de la fe a tan supremo gesto de sacrificio?
¿Quién no recuerda la famosa arenga lanzada por los populares en el mítin de Valencia –no recuerdo si fue Camps o Rajoy- ‘vamos a por ellos’? No creo que haga falta señalar que no parece la mejor consigna de un partido democrático, sino más bien el grito de guerra que llama a los adeptos a la guerra contra el infiel.
También, y esta es la más preocupante de las analogías, en momentos de crisis la estructura religiosa ofrece certezas y no necesita de argumentos racionales para sustentar sus creencias; es más, siempre existe la sutil invitación a suspender el ejercicio de la razón y únicamente ‘tener fe’ (’Camps es el más honrado de los españoles’, Mayor Oreja dixit). En una sociedad Post-Moderna en crisis y mayoritariamente agnóstica, la religión ha dado paso ya a la Política como Religión.
Solamente así se pueden entender los últimos resultados electorales en Madrid o Valencia (sociedades en las que la corrupción conservadora es más que pornográfica y donde, paradójicamente, la derecha ha mejorado resultados). Solamente podemos entender estas victorias conservadoras si entendemos esos votos como la expresión de un fervor político-religioso que no admite ninguna crítica interna, sino que se articula de manera similar a los fundamentalismos religiosos en tanto en cuanto sus votantes actúan políticamente por fe, independientemente de que ésta esté o no sustentada por raciocinio o por los hechos.
•Política como Moda
El progresista, por el contrario, se define por su voluntad de cambio, por creer en la idea Moderna de progreso (progresista), y sentir la Historia como un proyecto abierto al futuro, una conquista progresiva de derechos y libertades individuales. El progresista entiende el presente como hijo del pasado pero acepta que el presente tiene el deber de abrirse al futuro incluso si esto implica correr riesgos o aceptar incertidumbres. La izquierda entiende la Historia como la continuación de un gran proyecto de desregularización de las tradicionales imposiciones sociales y culturales; proyecto que se inició en la Modernidad y que ha culminado recientemente en la Post-Modernidad.
De la misma manera que la lucha política ha sido una herramienta fundamental en todos los cambios que se han producido desde la Ilustración hasta la Post-Modernidad, el pensador francés Gilles Lipovetsky (’Hypermodern Times’, 2004, ‘The Empire of Fashion’ 1987, ‘L’ere du Vide’, 1983) nos presenta a la Moda como otra de las herramientas cruciales en el desarrollo de esta desregularización de la sociedad, como un factor determinante en la conquista y definición de espacios personales, de creación de identidades personales y de la introducción de cambios profundos en el sistema. La Lógica de la Moda, como la llama Lipovetsky, ha permeado todos los aspectos de la Modernidad hasta que la transformó en Post-Modernidad. Hoy en día ¿qué no obedece a la lógica de la moda en mayor o menor medida?
Dado que los progresistas luchan todavía hoy por ganar espacios de expresión personal, y por abrir nuevos ámbitos de derechos y libertades individuales, junto a la moda la política contemporánea se ha convertido para muchos progresistas en un factor más de individualización, en una herramienta más al servicio de su definición identitaria personal.
Dado que la Post-Modernidad y la revolución tecnológica junto con el confort ofrecido por el estado de bienestar han dinamitado una conciencia social real y activa, muchos progresistas apoyan una opción política u otra dependiendo de lo cool, lo alternativa, lo grunge, lo extrema que pueda ser como quién se compra unas gafas de sol o lleva una determinada cazadora, cómo quien recicla o dona a una ONG; es decir entienden y se sirven de la política principalmente como herramienta al servicio de la definición de su identidad más que como opción de una acción política real.
Para un sector numeroso del progresismo, y aunque no se lo confiesen a sí mismos, la política ya está completamente disociada de la sociedad y ellos ya han renunciado a sentirse responsables de lo social; únicamente les preocupa su propio ámbito identitario y la estética de la opción política con la que se alinean. Se sirven ya de la Política como Moda.
•Corolario: La Gran Crisis de la Izquierda Contemporánea
Es ésta la gran crisis de la izquierda contemporánea. La paradoja de la izquierda es la misma que la de la Modernidad: la esperada aplicación a todos los niveles de sus principios ha acabado aniquilándola. De la misma manera que los principios Modernos han acabado implantándose en la contemporaneidad desintegrando la Modernidad en Post-Modernidad, los principios de liberación y de derechos personales que la izquierda ha abanderado se han aplicado finalmente en el estado del bienestar, para misteriosamente anestesiar al progresismo frente a la realidad, convirtiéndolo en una constelación de pequeñas voluntades extremadamente celosas de su espacio personal, y a la vez completamente incapaces de hacer nada por salvarlo, atomizadas sus voluntades en dispersión Post-Moderna.
Hoy, la izquierda parece decidida a inmolarse voluntariamente ante la reacción. Incapaz de articularse frente a un fervor político-religioso análogo al integrismo fundamentalista, la izquierda parece resignada a ofrendarse en sacrificio a la reacción y renunciar progresivamente, casi por dejadez, a las conquistas que todos disfrutamos hoy gracias al gran esfuerzo de cambio y de progreso que se inició con la Ilustración hace un buen par de siglos y pico.
En un mundo en el que el estado del bienestar y la revolución tecnológica nos han dado cotas de libertad, autonomía y derechos nunca antes alcanzados (y que hoy nos parece que hayan estado siempre ahí) la política real ha sido desterrada casi únicamente al campo de lo virtual, y pocos parecen dispuestos a descender del ámbito de lo virtual/identitario/adolescente al de lo real/pragmático/adulto. Algunos aprecian con desdén que sus identidades políticas virtuales (y extraordinariamente personalizadas) nunca se verán fielmente representadas en el ámbito de lo real por nadie que no sea el propio sujeto, es decir ellos mismos. Esto ha resultado en la atomización del voto de izquierdas en numerosos partidos de carácter decorativo más que político (cuyo único valor real reside en la estética identitaria que ofrecen a sus votantes), y en la notoria y extrema negligencia del electorado de izquierdas a la hora de cumplir con su derecho (que es también un deber) de ejercer el voto: ¿Para qué esforzarse por votar, si nadie representará nunca de manera fiel y exacta mis ideales?
Por otro lado, la derecha, desacomplejada por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, está orgullosa de sí misma y enseña ya sin vergüenza sus miserias morales y su extremo cinismo a la vez que erosiona día a día, lentamente, la efectividad y las bases del sistema democrático. En una época de agnosticismo generalizado, con una crisis global del esquema de valores, del sistema capitalista, dentro de la gran incertidumbre que vivimos estos tiempos muchos parecen encontrar una bendición en las certidumbres y las garantías contra los cambios que la Política como Religión ofrece. Y no importa el coste en derechos y libertades, el coste en perversión del sistema democrático mientras haya un padrino que le garantice a uno seguridad y comodidad dentro de su pequeña parcela de yo. No hace falta recordar lo que el pueblo Americano aceptó en reducción de derechos y libertades después del ataque a las torres gemelas, en medio de incertidumbres y en favor de una cruzada (!) contra el terrorismo…
Curiosamente, muchos votantes progresistas actúan hoy de manera terriblemente snob y aristocrática: como un grupo de patricios que compiten por vestirse con las sedas (políticas) más exóticas y discuten por las esquinas la nueva ley de riego mientras los bárbaros ya saquean e incendian Roma. Parecen considerarse tan a salvo de la realidad y tan poco responsables de ella que ya, la mayor parte de las veces, ni votan.
Mientras, hay estructuras que medran peligrosamente en el suelo propicio de la atomización Post-Moderna, estructuras como el Fascismo de Baja Intensidad y la Política como Religión ganan adeptos día a día. Adeptos necesitados de alguien que les asegure pan, circo, y líderes fuertes en tiempos de crisis. Adeptos necesitados, sobre todo, de certezas en sus vidas en un tiempo de incertidumbre.
Unos están felizmente dispuestos a renunciar a sus privilegios sin importarles el coste; a rendir pleitesía a los poderosos a cambio de su protección por miedo o simplemente por puro cinismo. A los otros no parece importarles demasiado lo que pase en el espacio público mientras les quede la ilusión de su privacidad y se les permita expresarse en la periferia.
Y así, discreta y sibilinamente, el Fascismo de Baja Intensidad asciende imparable.
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